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1 noviembre, 2017
IN FLAMES – 17/10/2017 – Teatro Vorterix

Cuando los suecos In Flames se dieron a conocer en el circuito del metal extremo, se destacaron por incorporar grandes dosis de melodía a su propuesta de death metal. Así originaron lo que se conoció como death metal melódico, junto a sus vecinos de Dark Tranquillity y At The Gates, de ahí que también se hablará de “sonido de Gotemburgo”, por la ciudad de donde provenían todas estas bandas. La gran novedad en el contraste (o incongruencia, para algunos), fue imitada a lo largo de la segunda mitad de la década de 1990, hasta llegar hasta las mismas costas de Estados Unidos. Donde lentamente se fue adaptando esa perspectiva, que contribuyó en gran parte al surgimiento del estilo bautizado como metalcore. Las numerosas giras de In Flames en ese país tuvieron influencia, aunque a la vez se produjo una transformación del propio grupo que los alejó progresivamente del death metal. Ya entrado el siglo XXI, hubo cambios notorios a partir del disco Reroute to Remain, que se profundizaron en los lanzamientos siguientes. Agreguemos el dato de que con la salida de Jesper Strömblad en 2010 se acabaron los miembros originales, quedando como más antiguo el cantante Anders Fridén, quien ingresó para el segundo álbum, The Jester Race. Mientras tanto, los fans de primera hora, entre los que me incluyo, ya los habían dejado hace tiempo.

La anterior visita de In Flames tuvo lugar a comienzos de 2009, y si bien no estuve presente, los comentarios que trascendieron giraban en torno al tema del sonido, con el cual no siempre se vio favorecido el local The End de Flores. Vorterix posee una arquitectura diferente, y varias bandas similares no tuvieron inconvenientes en este sentido. Sin embargo, una vez iniciado el set de los escandinavos con “Drained”, la apertura del último lanzamiento, Battles, se esfumaron las esperanzas de disfrutar de forma cristalina la instrumentación, mientras que la voz apenas lograba destacarse. Aún así los fans respondieron desde el primer segundo. Sin dudas, el público que sigue a In Flames se ha diversificado, sobre todo si comparamos con el de las otras bandas que arrancaron con ellos. De hecho, a diferencia del concierto de Dark Tranquillity apenas dos meses atrás, casi llenaron el ex teatro, con una audiencia en la cual distinguí a viejos seguidores así como a gente muy joven. Todos enfervorizados, al punto que el frontman, cual docente de escuela, debía pedir que le dejaran completar la frase, sobre todo agradecimientos.

Más allá de las cuestiones técnicas, que poco mejoraron en los más de 90 minutos de show, fue la elección del material la razón por la cual no pude conectarme con los músicos. Demostraron una gran confianza en Battles, del cual eligieron media docena de sus canciones; y no se trata justamente de las composiciones más inspiradas de su carrera. Sumemos ciertos coros grabados que se deslizaban por debajo de la voz (en vivo) de Fridén, para acercar la perfomance a lo que se escucha desde hace tiempo en los discos. Y si bien admito que no seguí con atención sus últimos pasos, los cortes más antiguos estuvieron entre los que más se destacaron, como “Trigger” y “Drifter” (de Reroute to Remain) y “Only for the Weak” (del anterior, el todavía “ortdoxo” Clayman), éste último uno de los más saltados y con el riff coreado. No hubo noticias de Colony y Whoracle, y la excepción a la hora de rescatar su primera etapa fue el medley de “Moonshield” y el instrumental “The Jester’s Dance”, tal como aparecen en The Jester Race. Los fanáticos siguieron la abundancia de melodías, sin que desentonara la recepción con respecto al material más reciente. Los guitarristas Björn Gelotte y Niclas Engelin son intérpretes competentes, más allá del repertorio, mientras que la base estuvo conformada por dos integrantes muy recientes: en la batería Joe Rickard y en el bajo Bryce Paul, ambos en segundo plano gracias al sonidista.

Sin dudas es cuestión de gustos, pero a lo largo de la noche no logré cambiar mi posición: la creatividad de In Flames se puso en compromiso hace muchos años. Y a menos que uno haya apostado al igual que ellos por esa combinación de estribillo/riff fácil, poco ayuda la añoranza de otras épocas. “Es otra banda”, aseguran los más radicales. Como sea, la mayor parte de los presentes disfrutó hasta el fin con “The End”, que sin amague de bis cerró el largo show. Habrán fallado en convertirme, pero deslumbraron a quienes ya profesaban devoción.

Exequiel Nuñez

Fotografías: Gustavo Jaimez



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