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1 septiembre, 2017
NILE – 25/08/2017 – Uniclub

El death metal técnico tiene en Nile uno de sus más logrados y exitosos exponentes. Formados hace casi 25 años en Carolina del Sur, Estados Unidos, tomaron al under por sorpresa con Amongst the Catacombs of Nephren-Ka, su primer álbum de 1998, donde explotaban en letras y sonidos la temática egipcia que mantienen hasta el día de hoy. Ya tocaron en Buenos Aires en 2013, y desde entonces no sólo editaron el obligado material nuevo sino que atravesaron algunos cambios de alineación importantes. Luego de 20 años el guitarrista y cantante Dallas Toler-Wade dejó su puesto, mientras que se integró el bajista y también vocalista Brad Parris. Quienes continúan son Karl Sanders, fundador, guitarrista y cantante, y el baterista George Kollias, uno de los músicos más impactantes en esta vertiente. Y si bien ya no estaba presente la expectativa del debut, Nile demostró su vigencia una vez más en suelo porteño.

No llegué a tiempo para el primer soporte, MORVIDA, y ya estaba 1917 sobre el pequeño escenario de Uniclub. Luego de un período con escasa actividad en vivo, la banda liderada por el guitarrista y cantante Alejandro Sabransky ya brindó este año una serie de shows con una ajustada formación que incluye al guitarrista Xass (de Black Vul Destruktor), al bajista Mario Mansilla (también de Tempestor y Violent Execution) y al baterista Javier Cuello (Anomalia y Witchour). Todos ellos son sólidos músicos que interpretaron de forma impecable canciones como “Las tumbas de la virtud”, “Las negras alas del bien” y “Al fin te besa la muerte” (con su introducción “Exordio”), plenas de melodías y cambios de ritmo. La performance fue muy prolija, aunque la limpieza del sonido quizás le restó algo de energía. Aprovecharon para traer material más antiguo, como “Visiones” y “El danzar de los decapitados”, y cerraron con “Brotherhood of Barbarism”, de su segundo lanzamiento en CD, Génesis & horror, una obra que ya cumplió 15 años pero que no desentona con lo más reciente.

Por su parte, MATAN S.A. apostó a las canciones que formarán parte de su inminente tercer álbum, Parte III: El orfanato, del cual estrenaron tres. Con una de ellas, “Psicología de una mentira” dieron inicio al set, el cual resultó una intensa sesión gracias a la habitual dramatización encabezada por el cantante Wata. Personificó a ese psicópata asesino a partir del cual desarrollan las letras: cubierto por harapos y coronado por un siniestro sombrero, sus perversiones cobraron vida sobre una marcada base de death metal. El tecladista Alex DX contribuye con introducciones y ambientaciones, pero toda la furia recae en las guitarras de Norberto Oviedo y Nini Carabajal, incisivas y pesadas, apuntaladas por el bajo de Federico Fischer y la batería de Martín Soria. “Enveneno la vida” y “Panick Attack”, del primer disco (Parte I: La matanza está por comenzar) se intercalaron con los otros cortes más recientes, “Los odio” y “Soy instrumento de dios”, mientras que “A decapitar” (extraído de Parte II: El silencio es salud) cerró la carnicería.

Si bien el local no se llenó como había sucedido unos días atrás con Deicide, un par de centenares de seguidores disfrutaron de cada una de las complejas composiciones de NILE. Aunque para arrancar nada más efectivo que “Sacrifice Unto Sebek”, una canción directa y sin vueltas (para los estándares del grupo). A partir de allí, se sucedieron a velocidades impensables riffs y golpes de batería sin interrupción durante casi 70 minutos, los suficientes para salir convencidos (o adoctrinados) por estos adoradores de Ra.

What Should Not Be Unearthed, su album más reciente, quizás tiene poco para aportar; en todo caso, confirma que no hay concesiones. De todos modos, el set sirvió como repaso de toda su carrera. Un par de álbumes atrás, canciones como “Kafir!” y “Hittite Dung Incantation” (de Those Whom the Gods Detest) sirvieron para demostrar como llevar adelante un efectivo triple ataque vocal, ya que además de Sanders y Parris, el guitarrista Brian Kingsland también se encarga de las entonaciones guturales. Lo intrincado de las composiciones no impidió que los fans corearan las melodías apenas las distinguieran. Hubo momento para el pogo, por supuesto, pero ante la queja de Karl Sanders sobre quienes subían al escenario y podían romper algo o lastimarse, alcancé a ver como un grupo de fans detuvo a un muchacho, seguramente alcoholizado, que de mala manera se prestaba a encaramarse por arriba de la diminuta valla.

The Howling of the Jinn es uno de los momentos más certeros del primer disco, y al igual que sucede en buena parte de su obra, posee un interludio que nos adentra en el clima legendario del Antiguo Egipto. No desentonaron las sobregrabaciones de voces e instrumentos exóticos; todo lo demás ya sabíamos que les sale a puro pulmón. Ya para el cierre, apostaron a las ya clásicas “Unas, Slayer of the Gods” (casi doce épicos minutos) y la contundente “Black Seeds of Vengeance”, cierre de una noche donde el virtuosismo estuvo acompañado de un sonido correcto y la entrega y buena predisposición de los músicos. Como sucede en los textos de los papiros y estelas faraónicas, el monarca del Nilo no sólo venció en batalla a sus enemigos. ¡Los aplastó!

Exequiel Nuñez



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