BANGERS OPEN AIR – Día 1- 25/04/2026 – Memorial, San Pablo 🇧🇷

Una travesía sin respiro en São Paulo: Del ocultismo de Lucifer al caos de Arch Enemy, en una jornada marcada por la intensidad y el movimiento constante.

Un año más y seguimos en ruta. Nos embarcamos nuevamente rumbo a São Paulo para ser parte, una vez más, del segundo año del BANGERS OPEN AIR. Un encuentro que ya convoca a metaleros de toda Sudamérica -y más allá- a peregrinar y vivir estas dos jornadas como un verdadero ritual.

Como toda travesía que se respeta, llegamos un día antes para lanzarnos a descubrir una de las ciudades más imponentes del continente sudamericano: São Paulo. Más allá de la inevitable parada en la Galeria do Rock -donde siempre algo terminamos comprando-, este año nos animamos a sumergirnos en el ritmo de la ciudad, explorando el metro rumbo al barrio japonés, Liberdade, donde cada rincón respira cultura y contraste. Y para cerrar la jornada, compartimos mesa con amigos en un restaurante argentino… aunque, fiel al espíritu de la aventura, llegar hasta allí también fue parte del desafío.

Ya en el día del festival, arrancamos temprano con un desayuno contundente, preparando el cuerpo y el espíritu para lo que se venía. Luego, ingresamos por el Portón 2 con un acceso ágil y mucho más organizado que el año anterior para la cobertura de los medios. Desde allí nos dirigimos directo a la sala de prensa para dejar nuestras pertenencias, preparar equipos, asegurar enchufes, conseguir agua… y salir casi de inmediato en busca de las remeras oficiales y algún recuerdo más.

Como dicta la tradición, la primera parada dentro del predio fue el sector de merchandising oficial del Bangers Open Air, antes de lanzarnos a recorrer cada rincón de esta experiencia.
En el camino nos fuimos encontrando con novedades que elevan aún más la propuesta, tales como: lockers para mochilas o compras, espacios pensados para la carga de celulares y una organización que invita a no perderse nada. A eso se suman sectores ya clásicos y siempre concurridos, como la firma de autógrafos -con filas que reflejan la pasión intacta de los fans-, la sección de horror, donde conviven desde piezas de utilería hasta libros, la feria medieval y hasta un sector kids que amplía el universo del festival.

Todo forma parte de un circuito vivo, en constante movimiento, que se despliega entre escenarios: del Waves al Sun Stage y viceversa, convirtiendo cada traslado en una experiencia en sí misma dentro del festival.

Y al cruzar el pasadizo -ese puente que conecta mundos dentro del predio-, el paisaje cambia por completo. Se abre paso a un sector más imponente, casi ceremonial, donde se alzan los escenarios principales, el Hot y el Ice Stage. Allí todo se magnifica: más puestos de merchandising, food trucks para recargar energías y espacios pensados para inmortalizar el momento, con cartelería y estructuras diseñadas para las fotos que todo metalero quiere llevarse de recuerdo.

Con la misión cumplida, pusimos primera rumbo al Sun Stage, donde la jornada iba a comenzar con precisión absoluta. A las doce en punto, LUCIFER tomó el escenario y abrió el fuego del Bangers Open Air 2026 con una puesta en escena que evocaba un ritual más que un simple concierto: luces sugerentes, una atmósfera densa y una impronta oscura que envolvía todo desde el primer minuto.

La banda se movió con soltura entre la teatralidad y el peso clásico de su sonido, apoyándose en una base claramente anclada en el legado de Black Sabbath, Pentagram y Blue Cheer, aunque sin renunciar a ciertos destellos más ochentosos en los solos. “Anubis” marcó la apertura con un clima sabbathiano bien definido, seguido por “Crucifix (I Burn for You)” y “Riding Reaper”, donde la fórmula de riffs pesados y estribillos directos volvió a funcionar con eficacia.

El set avanzó entre densidades cambiantes: “Wild Hearses” aportó el costado más oscuro y aplastante, mientras que “Slow Dance in a Crypt” bajó el pulso hacia un terreno más introspectivo. Al frente, Johanna Sadonis se adueñó de la escena con una presencia que trasciende lo vocal: no interpreta, encarna. Su figura sostiene el clima del show como si se tratara de un verdadero ritual, incluso bajo un sol que ya empezaba a castigar sin pausa. Con ese arranque sólido, quedaba claro que el día apenas comenzaba a desplegarse.

Sin esperar el cierre completo, emprendimos el cruce hacia el Ice Stage, del otro lado del Memorial, en una transición que ya forma parte del propio movimiento del festival: ir de un escenario a otro es también parte de la experiencia. Allí, los locales KORZUS se encargaban de abrir ese espacio bajo un sol implacable y con un público que todavía no terminaba de ingresar al predio. Lo cierto es que no era la primera vez que los cruzábamos en el festival, ya los habíamos visto en el Sun Stage durante la edición 2024, dejando una marca más que contundente.

Con una formación renovada -Jessica Falchi y Jean Patton en guitarras, Rodrigo Oliveira en batería, Marcello Pompeu en voz y Dick Siebert en bajo-, la banda se mostró firme desde el inicio, combinando oficio y energía sin fisuras. En ese contexto alcanzamos a presenciar parte de “Mass Illusion”, uno de los discos claves del Thrash brasileño en los ’90, para un repertorio que equilibraba pasado y presente con naturalidad.

Pompeu, siempre al frente del control escénico, llevó la interacción con el público a otro nivel: primero bajando a todos al piso para luego detonarnos en un salto colectivo al ritmo de “Never Die”. Más adelante, con “Correria” estirándose y ganando intensidad, la presencia de Jessica Falchi sumó otro punto de fuerza en escena, mientras el vocalista aprovechaba para encender un mensaje de empoderamiento que se repetiría a lo largo del día.

Pese al horario temprano y a un campo todavía en formación, la respuesta fue creciendo de manera constante, consolidando un arranque sin estridencias pero con una convicción clara: el Thrash brasileño sigue teniendo peso propio, incluso en condiciones adversas.

Di unos pasos hacia el Hot Stage, donde los suecos EVERGREY fueron los encargados de abrir ese frente con “Falling From the Sun”, carta de presentación de su más reciente trabajo Theories of Emptiness (2024).  Vale recordar que la banda ya había sido parte de la segunda edición del festival, cuando aún se denominaba Summer Breeze, aunque en aquella oportunidad los vimos en el Waves Stage (Auditorio Simón Bolívar), en un formato completamente distinto al de esta jornada al aire libre. Aquel, fue un show inolvidable, de tinte intimista, que quedó grabado en la memoria de quienes estuvimos ahí presentes.

A lo largo de un set de diez canciones, también hubo lugar para los singles más recientes como “The World Is on Fire” y “Architects of the New Weave”, ambos parte de su decimoquinto trabajo de estudio próximo a salir, dejando en claro que su propuesta sigue tan vigente como siempre. El repertorio se potenció con himnos como “King of Errors”, la oscuridad de “Call Out the Dark”, los climas envolventes de “Eternal Nocturnal” y la profunda carga emotiva de “Leaving the Emptiness”, trazando un viaje entre la fuerza y la melancolía que define a la banda.

Con el sol de frente, castigando sin tregua, Tom S. Englund volvió a demostrar por qué es una de las voces más distintivas del género: rasgada, profunda y cargada de una sensibilidad que atraviesa cada tema. La banda desplegó su clásico recorrido de climas melancólicos, pasajes intensos y una ejecución impecable, donde cada nota parece medida al detalle.

A pesar de la reciente salida de Henrik Danhage, reemplazado por Stephen Platt en guitarra, el grupo se mostró sólido y ensamblado. Uno de los puntos más llamativos del show fue el “duelo” escénico entre Rikard Zander su tecladista y el baterista Simen Sandnes, miradas, gestos y una conexión que sumó dinamismo a la puesta. En la base, Johan Niemann sostuvo todo con firmeza desde el bajo

 

 

El cierre con “Oxygen” terminó de sellar una presentación que, incluso bajo un sol inclemente, volvió a confirmar que Evergrey es sinónimo de elegancia, intensidad y emoción en estado puro.

A esta altura, el cuerpo pedía combustible: agua, aire… y a seguir. Porque lo que venía era dinamita pura. Los alemanes FEUERSCHWANZ irrumpieron en escena listos para arrasar, con su mezcla explosiva de Folk Metal, teatralidad y fiesta, transformo al predio en un campo de batalla entre risas, coros y pura energía.

Era la primera vez que tenía la oportunidad de ver un show completo en vivo de estos germanos, que abrieron su set con “Drunken Dragon”, desplegando desde el inicio toda su magia y una alegría teñida de espíritu medieval. El recorrido fue una verdadera montaña rusa festiva: “Memento Mori”, “Knightclub”, “Bastard von Asgard”, “Ultima Nocte”, “Testament” y “Valhalla” fueron encendiendo a un público cada vez más entregado.

Todo acompañado por una puesta dinámica, con cambios de vestuario en las bailarinas, la presencia constante de la gaita y el violín aportando ese aire épico inconfundible, y sus vocalistas que no soltaron al público ni un segundo, llevándolo siempre un paso más allá.

Hubo lugar también para la sorpresa y el descontrol total, con una versión desfachatada de “Dragostea Din Tei” que terminó de romper cualquier barrera. Y como si hiciera falta un cierre aún más arriba, se despidieron al ritmo de “Gangnam Style”, con toda la banda en escena bailando y desatando una postal tan inesperada como inolvidable.

Entre vestuarios llamativos, melodías pegadizas y una energía que no dio respiro, lograron enganchar tanto a los que ya los seguían como a quienes se los cruzaban por primera vez. La interacción con el público fue total, guiando cada momento con carisma y un fuerte peso escénico.

 

 

En medio de una grilla cargada de shows intensos, lo suyo fue distinto, transformaron el Metal en fiesta sin perder contundencia. Y lo lograron. Uno de esos sets que se disfrutan de principio a fin y que dejan huella en la jornada.

Mientras tanto, del otro lado del puente, el Sun Stage ardía con Violator. Esta vez, con un colaborador del equipo metido de lleno en ese frente, registrando cada sacudida de lo que fue, sin dudas, el costado más extremo de la jornada.

Casi a la misma hora que estaban los alemanes, en el Sun Stage se encontraba Cristián Oliva, bajo el sol penetrante sanpablino, y me contó que salía a escena VIOLATOR, ofreciendo un show agresivo, con un set de temas a las chapas y una fuerte crítica hacia el imperio del norte que quiere dominar al mundo, en palabras de su cantante y bajista, Pedro Arcanjo.

Recordaron a todos los que murieron en la pandemia, con un fuerte repudio al ex presidente Jair Bolsonaro. Repasaron temas de todos sus discos, incluyendo su último trabajo, Unholy Retribution. Al final del set, el cantante Pedro Arcanjo se tiró al público, desatando el delirio de los presentes.

En el Ice Stage, mientras algunos se replegaban hacia las barras en busca de cerveza, ya empezaban a formarse filas de fans firmes en las vallas, expectantes por la salida de los ucranianos JINJER. Al instante, y con un prólogo que fue elevando la tensión, los integrantes comenzaron a aparecer uno a uno, hasta que hizo su entrada Tatiana Shmayluk. Vestida en tonos rosados, capturó todas las miradas desde el primer segundo, enfrentando sin titubeos a un sol que pegaba directo y no daba respiro.

Y ahí nomás sonó “Duél”, seguida de “Green Serpent” y “Fast Draw”. Con una interpretación vocal impresionante, logró cautivar incluso a quienes la veían por primera vez. Entre agudos filosos y gritos desgarradores, fue marcando el pulso y el dinamismo de un show sin tregua. El grupo llegó con material fresco de Duél (2025), que ocupó buena parte del set, mostrando una evolución que combina Metalcore, Djent y pasajes más alternativos sin perder identidad.

Más allá del impacto visual y vocal, hay una maquinaria que potencia todo: una base rítmica precisa y cambiante, estructuras que escapan a lo predecible y una tensión constante entre brutalidad y belleza que termina de definir la impronta de Jinjer en vivo.

 

 

El cierre fue a pura explosión con “Pisces” que encendió una de las respuestas más viscerales del público, mientras que “Sit Stay Roll Over” terminó de desatar el caos frente a un público completamente rendido a sus pies. Pogos, gritos y una entrega total marcaron el final de un show que fue de menor a mayor, dejando en claro que Jinjer jugó fuerte y salió ganando.

Este año, gran parte de las bandas que tenía en la mira estaban de este lado del Memorial da América Latina, y una de ellas era KILLSWITCH ENGAGE en el Ice Stage.  Aunque ya los había visto en el escenario de al lado en 2024, su show siempre es garantía por su potencia, precisión y una descarga que no falla.

Con una ráfaga de clásicos como “Fixation on the Darkness”, “In Due Time”, “ The End of Heartache” el set arrancó potente, marcando territorio desde el primer minuto. La intensidad fue constante, con una banda afilada que, pese a un tiempo fuera de los escenarios, se mostró sólida y completamente conectada

Después de “The End of Heartache”, llegó el momento de las dedicatorias: primero para In Flames, a quienes les dedicaron “Aftermath”, y llegando al final de set fue para Zakk Wylde, con “My Curse”. Dos exponentes que iban tocar después de ellos.

Al frente, su vocalista Jesse Leach sostuvo el equilibrio entre agresión y emoción, mientras que el guitarrista Adam Dutkiewicz aportó ese toque descontracturado que distiende sin restarle peso al show, incluso calzándose una bandera brasileña como capa.

 

 

Fue un set directo y sin rodeos. En poco más de 50 minutos, la banda combinó brutalidad con momentos más introspectivos, dejando en claro que lo suyo siempre cumple, valiendo cada segundo y cada centavo. El cierre terminó de confirmar lo evidente que Killswitch Engage no solo mantiene su lugar, lo defiende arriba del escenario con una contundencia que no necesita explicación, coronando su presentación con una aclamada versión de “Holy Diver” de Dio.

Apenas unos diez minutos para refrescarnos, recargar celulares y volver corriendo. Las vallas ya estaban colmadas y el cielo empezaba a oscurecerse. Nadie quería perderse la salida de Zakk Wylde en primera fila. Yo una de ellas, tuve que bancarme algunos vasos de cervezas que fueron derramados en mi hombro, mientras el público se iba acomodando.

Comenzó a sonar la intro “Whole Lotta Sabbath”, mientras el propio Zakk Wylde aparecíó en escena, tomándose unos segundos para filmar al público y medir la energía del campo. Y entonces sí: irrumpió con toda su presencia, secundado por su banda, listo para desatar la descarga.

El golpe fue inmediato, salió a escena BLACK LABEL SOCIETY con “Funeral Bell”, seguida por “Name in Blood”, de su reciente lanzamiento “Engines of Demolition” (2026), las cuales encendieron al público, que no tardó en responder como dicta el ritual: cabezas inclinadas, puños en alto y devoción total, ante una banda que impone respeto desde el primer acorde.

El micrófono no es solo un micrófono: es una estructura cargada de simbología, una torre de calaveras rematada con un Cristo de madera que impone desde lo visual y suma peso a cada momento del show. Detrás, la gran pantalla led acompañaba con imágenes igual de intensas, como esa moto irreal con una calavera, reforzando una estética que ya es marca registrada de BLS.

La formación actual -con John “JD” DeServio, Dario Lorina y Jeff Fabb— funciona como un bloque compacto. Puede que no sea la más recordada en la historia de Black Label Society, pero en vivo eso no pesa, ya que suenan ajustados, firmes y con una contundencia que no se negocia.

Cuando sonó “No More Tears”, el show dejó de ser solo de la banda y pasó a ser del público. Todo el campo se convirtió en un solo coro, primero invocando a Ozzy y después explotando en un canto que bajo desde las tribunas como una ola. Literalmente, piel de gallina.

La carga emocional apareció fuerte con “In This River”, donde el recuerdo de Dimebag Darrell y Vinnie Paul atravesó todo el predio con sus rostros en pantalla gigante. Después de eso, la energía volvió a subir con “Fire It Up”: pelotas volando, gente jugando, un clima de fiesta total que rompe cualquier estructura de un recital tradicional y convierte todo en una experiencia compartida.

 

 

Pero el momento más sentido llego con “Ozzy’s Song”, donde ahí no hay pose, hay respeto genuino. Zakk se tomo un segundo, miro la pantalla y aplaudió a su mentor. Simple, pero poderoso. En el medio, Zakk hizo lo suyo: solos extensos, guitarra a la espalda y ese ida y vuelta con Lorina que mezcla técnica, actitud y puro rock. No es solo tocar: es un espectáculo.

Y el final no podía ser otro. “Stillborn” cayo como un golpe seco, cerrando una performance que tuvo de todo, desde fuerza, emoción y conexión real con la gente. De esos que no se explican demasiado, se sienten. Incluso con algunos problemas de sonido, la banda supo sobreponerse sin perder intensidad ni control.

Después de hidratarme un poco, me sumé a la fila de colegas rumbo al Sun Stage, evitando a esa altura de la tarde el cruce caótico entre la marea de gente que iba y venía entre escenarios. La idea era clara: llegar a tiempo para enganchar algunos temas de TANKARD y regresar rápido para no perderme a In Flames.

Y así fue…llegué a tiempo para enganchar algunos temas desde el arranque y no perderme la actitud y el carisma de su vocalista, Gerre. Con esa mezcla de humor y desparpajo que lo caracteriza, se adueñó del escenario mientras la banda descargaba toda su velocidad y energía.

 

 

Alcancé a ver “One Foot in the Grave”, “The Morning After”, “Ex-Fluencer” y “Rapid Fire”, suficientes para confirmar que lo suyo es puro vértigo. Con una puesta simple pero directa, sin adornos innecesarios, Tankard demostró que no hace falta más que actitud y riffs filosos para encender al público.

Desde la primera fila, pude seguir de cerca cada movimiento y cada ida y vuelta con la gente, en un show breve para mí, pero cargado de intensidad.

Mientras tanto, al otro lado del Memorial, Sergio Rosales estaba cubriendo el show de los estadounidenses SEVEN SPIRES y comentó esto: Después de haberlos visto por primera vez en Buenos Aires y en Audio Club en la Pre Party, la noche anterior, sabía que iba a ver una presentación llena de virtuosismo, melodías cargadas de una tremenda melancolía y oscuridad, matizadas en la increíble voz de Adrienne Cowan, que no deja de asombrar por su capacidad de intercalar una voz increíblemente limpia con los guturales más desgarradores.

El set consistió de una intro y diez temas que lo pasearon por los últimos tres discos de su discografía, con diferentes climas y una gran respuesta del público que colmó el Waves Stage para recibirlos en esta, su primera visita a Sudamérica.

El sonido fue muy limpio y cuidado; Peter de Reina se lució en muchos solos de bajo y con una voz profunda y oscura que contrasta muy bien con la de Adrienne, quien mostró un manejo del escenario exquisito. Jack Kosto se despachó como un virtuoso guitarrista que se arregla solo para rítmicas y solos con mucha melodía y muy coreables; Dylan Gowan evidenció una técnica prolija, un golpe potente y mucha musicalidad.

 

 

En resumen, Seven Spires cumplió con creces las expectativas y demostró que son capaces de tocar con muy poco descanso entre fechas, dando unos shows que nunca bajan de una calidad extraordinaria.

Sin dudarlo, crucé apurando el paso junto a una colega para asegurarme un lugar en las vallas. El sector ya estaba colmado, pero aun así logré acomodarme y ver de cerca a los suecos de IN FLAMES, una de esas bandas que siempre quiero volver a encontrar en vivo.

Con el paso del tiempo fueron mutando su sonido, atravesando distintas etapas, pero hay algo que se mantiene intacto: ese vínculo que se genera con las bandas que uno descubre en la adolescencia. Una especie de lazo invisible que, más allá de cualquier evolución, sigue tirando fuerte.

Y más allá de esa carga emocional y personal, lo que entregaron fue un show sólido, potente y perfectamente ejecutado, a la altura de un headliner, cerrando el Ice Stage de la primera jornada como corresponde. Me perdí las primeras cuatro canciones, pero no me importó demasiado porque mi compañero se encargó de filmarlas para que quedarán inmortalizadas en esta crónica. Apenas me ubiqué en las vallas, entendí por qué esta banda sigue siendo tan firme en vivo, por su precisión, su intensidad constante y una entrega sin fisuras arriba del escenario.

Lo llamativo -y lo que más impacta- es cómo, aun habiéndose alejado bastante de sus raíces en el Death Metal melódico, siguen sosteniendo una energía arrolladora capaz de encender a un público completamente eufórico. Sin teclados en vivo en esta gira, recurrieron a bases pregrabadas para sostener algunos climas, mientras el sonido se volvía cada vez más directo y rítmico. En ese marco, la dupla de guitarras entre Björn Gelotte y Chris Broderick llevó adelante el peso del set con solvencia, acompañados por el estadounidense Liam Wilson en bajo y Jon Rice en batería. Con Anders Fridén al frente, el grupo fue creciendo en intensidad hasta desembocar en un cierre bien arriba y con un público totalmente entregado.

 

 

El material de Foregone (2023) tuvo un rol central en el repertorio, marcando su etapa más reciente, bastante alejada de aquellos primeros años donde eran una referencia del Death Metal melódico de Gotemburgo. Aun así, “Only for the Weak” volvió a subir todo de nivel y encendió al predio por completo. En la recta final, Fridén pidió un pogo grande antes de “The Mirror’s Truth” y el público respondió sin dudar, incluso con una bengala encendida en medio del caos. Como guiño a la primera etapa, “Take This Life” terminó de cerrar el show con todo el mundo cantando, saltando y dividido entre pogos en la valla y el campo general frente al Ice Stage.

Cuando terminó todo, me quedó la imagen de una multitud coreando “olé, olé, olé” como si acabara de ver ganar a su equipo. Y en cierto modo, eso fue exactamente lo que pasó con estos suecos. A esa altura de la noche necesitaba bajar un cambio, descansar un poco la cintura después de tanta adrenalina acumulada, aunque todavía faltaba el cierre del escenario de al lado.

Programados como headliners del Hot Stage tras la salida de Twisted Sister, ARCH ENEMY llegó al festival envuelto en rumores y expectativa. En la previa, las especulaciones no tardaron en aparecer: desde un posible regreso de Angela Gossow -hoy alejada del micrófono y dedicada a su rol de mánager- hasta versiones alimentadas en redes por publicaciones de Mayara Puertas (vocalista brasileña de Torture Squad), que hicieron crecer la idea de posibles apariciones sorpresa.

Pero nada de eso ocurrió. La incógnita se terminó cuando la posta quedó en manos de la estadounidense Lauren Hart, que asumió el rol principal desde el inicio y marcó el rumbo del show sin rodeos. Apenas cayó el telón, entró con energía y actitud, pero también con todos los ojos encima. El público la siguió de cerca, midiendo cada paso para ver si lograba sostener en vivo la agresividad que exige el sonido de la banda. Hubo entrega física, presencia y momentos donde se impone, aunque en varios pasajes queda la sensación de que la exigencia vocal le juega en contra y le pasa factura a lo largo del set.

El otro gran problema estuvo del lado técnico. Durante toda la hora y media, el sonido del escenario principal fue un obstáculo constante: la batería de Daniel Erlandsson sonó demasiado fuerte, tapando al resto del grupo. Guitarras y bajo quedaron sin definición clara, armando un bloque sonoro tan denso que por momentos hacía difícil incluso reconocer los temas, algo que quedó expuesto en el video que verán a continuación.

En ese contexto, había que esforzarse para enganchar las canciones, inclusive estando ubicada entre la mitad del predio y la zona de prensa. Una situación incómoda para un show de este nivel.

En cuanto al repertorio, la apuesta fue bastante segura, sin grandes sorpresas. Hubo clásicos que no fallan como “Ravenous”, “War Eternal” y “The Eagle Flies Alone”, junto a los clásicos de la primera época como “Nemesis” y “Bury Me an Angel”, que levantaron la reacción inmediata del público a pesar de los problemas de sonido.

También apareció material más reciente como “To the Last Breath”, dejando en claro esta nueva etapa con Hart al frente, sin romper del todo con la identidad del grupo.

 

 

En definitiva, una banda históricamente asociada a la precisión dentro de la agresividad, que esta vez no terminó de mostrar su mejor versión en vivo. La puesta, la estética y la parafernalia intentaron sostener el impacto, pero el resultado quedó a medio camino.

Michael Amott, Sharlee D’Angelo y Joey Concepcion completaron la formación en un set que, más allá de todo, apostó a lo seguro, sin demasiadas sorpresas.

Sin embargo, mientras finalizaba Arch Enemy, el cierre del Sun Stage era vivido por Cristián Oliva, del otro lado del puente, donde estaban tocando los legendarios británicos ONSLAUGHT. Estos históricos muchachos thrasheros dijeron presente en esta edición, aportando clásicos como “Onslaught (Power from Hell)” y “Metal Forces”, clausurando la noche en el escenario Sun con el cover “Iron Fist” de Motörhead.

La primera jornada del festival fue, en definitiva, una montaña rusa de momentos, estilos y sensaciones. Desde la intensidad inicial hasta los cierres de cada escenario, el día dejó en claro la diversidad del cartel y el nivel de convocatoria que sigue sosteniendo al evento.

Hubo shows que brillaron por su precisión, otros por su energía desbordante y algunos que quedaron a medio camino por factores externos, pero en conjunto la experiencia volvió a confirmar el peso de este tipo de encuentros. Tener la posibilidad de ver, en pocas horas, propuestas muy distintas conviviendo en un mismo espacio.

Entre traslados, cruces de escenario, corridas para no perder ningún set y esa mezcla constante de calor, ruido y adrenalina, el festival se vivió como lo que es: una jornada intensa, sin pausa, donde cada show suma una pieza más al rompecabezas del día.

Con el cansancio ya acumulado y la sensación de haber visto demasiado en pocas horas, quedaba claro que esto recién empezaba. La segunda jornada todavía tenía mucho por decir. ¡Hasta mañana!

✍️ Crónica: Sabrina Romero.
📸📹 Fotos y vídeos: Rubén Rivadera.
Agradecemos la colaboración de Sergio Rosales y Cristián Oliva.

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Truenos Metálicos es un portal web especializado en la difusión del metal a nivel internacional, nacional y dentro de la escena local de Córdoba, Argentina.

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